Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2005.
Resumen
- 01/02/2005 16:09 - [Viaje a la Calle San Rafael]
- 02/02/2005 09:11 - [Capítulo dos.]
- 03/02/2005 08:58 - ¿Jugamos?
- 04/02/2005 09:25 - [Un ángel en Carnaval]
- 05/02/2005 12:58 - [Buenos días, princesa] 1 de 2.
- 06/02/2005 17:56 - [Buenos días, princesa] 2 de 2
- 07/02/2005 09:36 - [Risas inesperadas]
- 08/02/2005 08:54 - Odio la palabra adiós.
- 09/02/2005 17:28 - [El Principito] Capítulo tres
- 10/02/2005 09:01 - [De atardeceres con amigos]
- 11/02/2005 09:14 - [Un sitio especial]
- 12/02/2005 12:29 - Pide un deseo.
- 14/02/2005 08:59 - [Que este instante sea eterno]
- 15/02/2005 08:58 - [La verdadera historia de Romeo y Julieta] 1 de 2
- 16/02/2005 18:12 - [La verdadera historia de Romeo y Julieta] 2 de 2
- 17/02/2005 09:06 - [La moneda mágica]
- 18/02/2005 08:59 - [Detrás de una nube]
- 19/02/2005 18:17 - [Locura de mar]
- 21/02/2005 08:58 - [P.D.: Te amo.]
- 24/02/2005 12:35 - [Paréntesis]
- 25/02/2005 09:05 - [Pasan las horas]
- 26/02/2005 12:35 - [Quédate esta noche...]
- 28/02/2005 13:15 - [Proponiendo un juego]
01/02/2005
[Viaje a la Calle San Rafael]
Antes de coger el libro que había sobre su mesilla de noche, se puso a pensar. No sabía muy bien por qué, pero de repente viajó a la calle San Rafael, donde había pasado su niñez.
Recordó su casa. Era increíble… Tantos años después y aún se acordaba de ella como si todavía viviera allí. Vivían siete personas en ese lugar. Era una casa tan pequeña, tan pequeña, tan pequeña, que para poder respirar tenían que sacar las cabezas por el cerrojo de la puerta. Tal vez por ese motivo, siempre estaban en la calle. Cuando llegaban del colegio, se iban a la calle. Cuando merendaban, se iban a la calle.
No guardaba con cariño esos días en su memoria… Había tenido una mala infancia. Nunca conoció el cariño de una madre ni de un padre. Sin embargo, sí supo lo que era tener que ponerse a limpiar con tan sólo ocho años para que la casa no se derrumbara a causa de la suciedad. También supo lo que era dormir cinco hermanos en una habitación minúscula. Y llegar a tu casa y no tener ninguna cena preparada. No porque no tuvieran comida, sino porque su madre nunca cocinaba.
Lo había pasado muy mal… Desde que nació, hasta esa noche.
Apenas tenía ropa. Los zapatos que usaba eran varios números mayores al que ella tenía para que les durara más tiempo.
Pero, aunque no fue afortunada, siempre sonreía. El cariño que le faltaba por parte de sus padres, se lo daban a espuertas sus tíos, sus primos, su madrina, su abuela, etc. Se sentía querida cuando estaba con ellos.
Sí que recordaba con cariño los paseos con su tío, los juegos con sus primos, el día de Reyes, las veces que se iban al campo a recoger espárragos ella y sus tíos. Cuando esas imágenes volvían a su cabeza, no podía evitar sonreír.
Su padre la trató muy mal. Por ello, se marchó de casa con tan sólo diecinueve años. Un señor veinte años mayor que ella, divorciado y con cuatro hijos, le había prometido un mundo de mil maravillas si se iba con él. Un mundo sin preocupaciones, sin lágrimas y sin responsabilidades.
Y se marchó con él en busca de fantasías, de sonrisas perdidas, de suspiros ahogados. Pero no es oro todo lo que reluce…
Y seguía recordando cosas. Pero un gesto de dolor se apoderaba de ella cada vez que viajaba a la calle San Rafael. Muchas personas desean volver a su juventud, vivir de nuevo su niñez. Ella, sin embargo, deseaba con toda su alma poder olvidar aquellos días. Jamás volvería a ser niña o adolescente si le concedieran esa oportunidad.
Ahora era una señora. Una señora que había aprendido cosas que no vienen en los libros de la escuela, ni en los poemas, ni en las canciones. Había aprendido infinidad de cosas de la vida. Cosas, que pasan desapercibidas a los ojos de muchos de nosotros. Tal vez, los malos momentos hacen que sepas valorar mucho más los buenos.
Una señora inteligente. Una señora hermosa. Una señora querida por muchos y envidiada por más. Amable, educada, sincera, segura de sí misma. Aunque no había estudiado, sabía más que muchos licenciados en diversas artes. Era creativa, risueña, con muchísima imaginación.
Y ahí estaba. Una noche más, a la una de la mañana leyendo un libro que el destino quiso poner sobre su mesilla de noche. Recordando aquellos días de niña. Pensando en cómo desaprovechó su vida y en qué poco partido le sacó a su persona.
Imaginó durante un rato cómo hubiera sido su vida si hubiera explotado a fondo todas esas virtudes que tenía.
Pero se dejó seducir por la noche y se sumió en un profundo sueño.
Esa señora, es mi madre.
02/02/2005
[Capítulo dos.]
Pasaba solo mis días, sin encontrar a nadie con quien verdaderamente pudiera hablar, hasta que algo me sucedió hace ya unos seis años, en el desierto de Sahara. Mi motor sufrió una rotura. Como no contaba con mecánico ni pasajeros, no tuve otra opción que la de intentar solo una difícil reparación. Indudablemente era para mí, una cuestión de vida o muerte. El agua que tenía, sólo me alcanzaba para ocho días.Me recosté sobre la arena, pasando así mi primer noche nada menos que a mil millas de toda región habitada. Me encontraba por cierto, más alejado que un náufrago dentro de una balsa en medio del océano. Inexplicable fue mi sorpresa, cuando al despuntar el día una extraña vocecita me decía casi suplicante:
-Por favor... dibújame un cordero!
-Eh!-exclamé-
-Dibújame un cordero...
Como atravesado por un rayo, de un salto me puse en pie, refregué mis ojos y observé con severa atención. Me encontré frente a un increíble hombrecito que me examinaba gravemente.
Es éste el retrato más acertado que tiempo más tarde logré hacer de él.
Seguramente el modelo, es mucho mas encantador que mi copia. Como ya os dije, las personas grandes me han desalentado de mi carrera de pintor cuando tenía apenas seis años, habiendo sólo aprendido a dibujar las boas cerradas y las boas abiertas.
Continuaba absorto mirando aquélla aparición ya que me encontraba, como les dijera, a mil millas de toda tierra habitada. El hombrecito sin embargo, no me parecía extraviado, ni cansado, ni muerto de sed ni de hambre y menos muerto de miedo. No tenía el aspecto de un niño extraviado.
Al fin pude hablar y entonces dije:
-Pero... qué haces aquí?
Suavemente pero muy serio repitió:
-Por favor... dibújame un cordero...
Cuando el misterio es demasiado grande, es imposible desobedecer. Por ridículo que me pareciera, a tantas millas de una región habitada y en peligro de muerte, tomé de mi bolsillo un papel y un lápiz. Comuniqué al hombrecito, no en el mejor tono, que no sabía dibujar. Me contestó:
-No importa. Dibújame un cordero.
Nunca en mi vida había dibujado un cordero, de manera que decidí rehacer uno de los únicos dibujos que me sentía capaz de realizar. El de la boa cerrada.
Incalculable mi sorpresa, cuando oí al hombrecito responder:
-No! No! No quiero un elefante dentro de una boa. Las boas son sumamente peligrosas y un elefante muy embarazoso. En mi casa, todo es pequeño. Lo que necesito es un cordero. Por favor, dibújamelo.
Entonces DIBUJE
El hombrecito miró con atención y luego dijo:
-No lo quiero. Este cordero está muy enfermo. Debes hacer otro.
Mientras dibujaba, mi amigo sonreía amablemente pero con cierta soberbia:
-Ves?... No es un cordero, más bien es un carnero. Tiene cuernos...
Hice nuevamente el dibujo, pero fue rechazado como los anteriores: DIBUJO
-Este es muy viejo; quiero un cordero que viva muchos años.
Ya algo impaciente y apurado por desmontar mi motor, garabateé por último este dibujo:
Le dije:
-Esta es una caja. El cordero que quieres está adentro.
Sorprendido me quedé al comprobar que el rostro de mi joven juez se iluminaba:
-Es exactamente como lo quería! Me pregunto si necesitará mucha hierba este cordero.
-Por qué?
-Porque en mi casa, todo es muy pequeño...
-Seguro que alcanzará. En verdad, te he regalado un cordero bien pequeño.
Mirando el dibujo, con la cabeza inclinada dijo:
-No tan pequeño... Mira! Se ha dormido.
Así fue como conocí al principito.
03/02/2005
¿Jugamos?
¿O mejor al pilla pilla?
¿Corremos siendo policías y ladrones?
¿O tal vez al balón prisionero?
¿Nos maquillamos imaginando que somos mujeres mayores?
¿Jugamos a las peluqueras, a las modelos o a los profesores?
Dame tu mano y cierra los ojos. Deja que tu mente viaje a su infancia. Deja que se embriague con los olores de antaño. Libera a tu alma infantil de su prisión adulta.
Olvídate de tus deberes por instante. Olvídate de tus preocupaciones. Saca el estrés de tu vida. Corre, salta, grita… ¡Vuela! Vuela a un mundo de Fantasía, a un mundo de color.
Vuelve a mirar a esa/e niña/o que fuiste un día y pídele que se quede contigo para siempre.
Vuelve a esconderte mientras juegas. Vuelve a repetir aquello de “un, dos, tres, pollito inglés”, vuelve a reír hasta que duela la tripa. Vuelve a disfrutar cada segundo como cuando eras pequeño.
Pero ahora… ¿juegas conmigo?
04/02/2005
[Un ángel en Carnaval]
-Está en la canasta de la ropa limpia.
Marta ya estaba ultimando los detalles del que sería su disfraz ese año. Al principio no sabía muy bien de qué se vestiría, pero a su madre se le ocurrió una idea. Le propuso que se disfrazara de ángel, porque Marta era el Ángel de la Guarda de su madre. Y así hicieron.
Durante varias semanas, la madre de Marta estuvo tejiendo un vestido para ese día. El vestido era blanco, entero. La falda era de tul, y tenía tanto vuelvo que parecía que tenía un cancán debajo o que era una falda de bailarina. Era una falda muy larga, y en las diversas pruebas del vestido, cuando Marta se lo tenía que probar, no sabía muy bien si era una princesa o un ángel.
-Qué falda más grande. Parezco una princesa. ¡O una bailarina! Bueno, la verdad es que no sé muy bien qué parezco. Pero me encanta el vestido mami.
Su hermana mayor le había regalado una corona para el pelo que estaba hecha de plumitas muy pequeñas y muy suaves. Daba el aspecto de muchos pompones de algodón muy pequeñitos en forma de corona.
Pero sin duda alguna, lo que más trabajo había requerido eran las alas. Las habían hecho entre su madre y su hermana. ¡Tardes enteras pegando plumas y cosiendo! Dibujaron la silueta de las alas y después, con mucha paciencia, pegaron pluma por pluma y las de los bordes las tuvieron que coser para que quedase más bonito. El resultado fue precioso.
Tardaron mucho en terminar el disfraz. ¡Y eso que no era demasiado difícil! Un día antes de Carnaval, Marta quiso probárselo todo: el vestido, la corona, los leotardos blancos, las alitas… Se quedó mirando fijamente la imagen del espejo. Si al principio tuvo alguna duda sobre a qué se parecía ese traje, en ese momento estuvo totalmente segura. Era un auténtico ángel. Parecía que había bajado del cielo para mostrar sus bellas alas a todo el mundo.
No dijo nada. Sólo sonrió. Pero fue una sonrisa llena de encanto, de alegría… Su madre y su hermana rieron a carcajadas al verla disfrazada. Quedó perfecto el traje. Estuvieron toda la tarde riendo y haciéndose fotos. La madre de Marta preparó chocolate y churros. No celebraban nada, pero ellas pensaban que para tomar algo fuera de lo común no tenía por qué haber ninguna celebración.
Esa noche, Marta se fue a la cama pronto. Estaba muy nerviosa porque al día siguiente aprendería a volar. Pero el cansancio pudo con ella, y en pocos minutos estaba plácidamente dormida.
A la mañana siguiente, se despertó alrededor de las diez de la mañana. Desayunó y corriendo se puso su disfraz. Cuando ya lo tenía puesto, volvió a mirarse por última vez en el espejo antes de salir a la calle. –El mejor disfraz que he tenido. Pensó Marta. Fueron al desfile de disfraces. Se acercaron a los puestos donde vendían gorritos, “matasuegras”, máscaras, bigotes postizos y muchos más complementos carnavalescos. Todo el mundo se convirtió en ese día en un ser completamente distinto a su persona. Se reunieron princesas, duendes, diablesas, vampiresas, piratas, bandidos, etc. Un sinfín de personajes dieron vida a la solitaria plaza central.
Hubo concurso de disfraces, música, payasos dando regalos a los niños y caramelos. No se sabe muy bien quién se lo pasó mejor, si Marta o su madre. Ambas disfrutaron al máximo. Se rieron, bailaron, se tiraron al suelo, conocieron a mucha gente. Pudieron hablar con princesas, con Spiderman, con Blancanieves, etc. Fue un día lleno de magia, de diversión, de buen ambiente. Y sobre todo, fue un día en el que la risa de Marta no paró de sonar.
05/02/2005
[Buenos días, princesa] 1 de 2.
-Prometo que la semana que viene me tomaré un día de descanso. Mi cuerpo comienza a pedírmelo a gritos. Iré a pasear por la playa, terminaré de leer el libro que me regaló Julián, iré al cine o alquilaré alguna película. Y pienso darme algún capricho de chocolate. Estoy cansada de verduras y pollo a la plancha. ¡Y de la semana que viene no pasa! ¡De verdad!
Todos los días se decía lo mismo mientras subía en ascensor hasta su ático. Pero nunca cumplía esa promesa. Y desde luego, el chocolate no lo veía ni en fotografías. Estaba algo obsesionada por su imagen.
Eva era una chica joven, exactamente de veintisiete años. Había estudiado imagen y sonido, era licenciada en comunicación audiovisual y había hecho numerosos cursos de arte gráfico, de editora, etc. Tenía un gran currículum. Se había pasado media vida estudiando, y la otra media haciendo prácticas gratis. Nadie comprendía que dedicara tanto tiempo a lo profesional. Pero a ella le daba igual lo que pensaran. Siempre supo muy bien dónde quería llegar. Y por supuesto, no paró hasta conseguirlo. Y con tan sólo veintisiete años, ya tenía montado su propio estudio fotográfico en Nueva York, trabajaba para revistas muy conocidas y con gran prestigio y había conseguido ser una fotógrafa de renombre. Tenía un ático precioso en pleno centro de Manhattan. Era un ático muy amplio, con unas vistas dignas para una fotógrafa como Eva. Cuando llegaba a casa, le gustaba asomarse a la terraza para ver el sol ocultándose tras el horizonte. Era su momento de melancolía: Recordaba su casa, su familia, su tierra… Pero al momento volvía de sus pensamientos y se disponía a terminar el trabajo del día.
El ascensor se paró y Eva salió de él. Abrió la puerta de su casa y entró. Miró los mensajes que había en su contestador. Tres. Como siempre, eran de trabajo. Hizo el ritual de la terraza y cuando lo terminó se tiró en el sofá.
-Como me duelen las piernas… Joder Eva, si es que no has parado en todo el día… En vez de las piernas te debería doler el alma. Nunca aprenderás… ¿Te has dado cuenta de una cosa, Eva? Estás tan ocupada que no sales ni tienes vida social. Has llegado al punto en el que hablas sola. Como estás haciendo ahora mismo. Me encanta lo que hago, sí, no lo dudo ni un segundo. Pero echo de menos ciertas cosas… Salir por ahí, tomarme unas copas (¿cuánto hace que no bebo una copa de ron?), bailar hasta el amanecer… Años… Han pasado años desde la última vez que me dediqué una juerga. Ya está. Voy a dejar de hablar sola, me voy a meter en la ducha, me voy a poner guapísima y me voy a ir a dar una vuelta.
Se sorprendió de sí misma. Pero hizo lo que su interior le estaba pidiendo a gritos. Eva era una chica guapísima, de estatura media (1.65), con un cuerpo precioso y un pelo negro largo ondulado que era una envidia. Nunca le faltaban propuestas para salir a cenar, al cine o a tomar una copa, pero siempre las rechazaba. Esa noche tenía una cita. Una cita consigo misma.
Se arregló el pelo con el moldeador, se pintó las uñas y se puso el vestido rojo que le había regalado su hermana hacía unos meses y que aún no había estrenado. Se pintó los labios de color rojo (a juego con el vestido), se puso rimel, colorete y una sombra de ojos color marrón muy oscuro (más bien diría que casi negro) que le favorecía mucho. Se miró al espejo y sonrió. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan guapa. Sólo le quedaban los zapatos. Se decantó por los negros de tacón extra-largo y de aguja.
-Esta noche arraso.
Fue a un pub que estaba a unas dos manzanas de su casa. Había mucho ambiente y la música que ponían a ella le encantaba. Se sentó en la barra y pidió ron. Comenzó a mirar a su alrededor. Cierto aire de tristeza le acompañó durante un rato. Todas las personas que le rodeaban se mostraban felices. Reían, hablaban, bailaban… Pero todas tenían compañía. Mientras bebía lentamente su copa de ron, dejó que su imaginación volara.
-Fíjate, Eva. Todas esas personas que están aquí, también trabajarán, como tú. Pero seguro que no dedican tantas horas y que saben sacar tiempo para ellos mismos. Seguro que salen con sus amigos todos los fines de semana. Creo que deberías replantearte algunos aspectos de tu vida, Eva…
Y sin darse cuenta, sus ojos se convirtieron en el objetivo de su cámara. Comenzó a mirar a todas esas personas que estaban ahí. Se imaginó cómo sería la vida de cada uno de los individuos que la acompañaban inconscientemente esa noche. Y fotografió con su imaginación. Manos, gestos, situaciones, miradas… Había un sinfín de elementos en esa habitación que podría fotografiar.
Eva sonrió, sin saber por qué. De repente, notó como una mano se posaba sobre su hombro. Eva se sobresaltó, pero cuando vio a ese hombre detrás de ella se le cambió por completo la expresión de la cara.
06/02/2005
[Buenos días, princesa] 2 de 2
FINAL 1.-Hola, me llamo Ernesto. Llevo un rato mirándote y me ha llamado la atención que a veces te rías sola.
-Sí, a veces me pasa aunque no quiero… Yo me llamo Eva, encantada.
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Claro, de momento no me he apoderado de esa silla.
-¿Vienes mucho por aquí? Es que nunca te he visto… Y suelo quedarme con la cara de la gente. Y la tuya me resulta algo familiar, pero no precisamente de haberte visto por aquí.
-No, la verdad es que no vengo mucho. He pasado un par de veces por aquí y me gustó el sitio. Pero nunca me había sentado a tomar una copa. Tengo poco tiempo por mi trabajo.
-¿En qué trabajas?
-Soy fotógrafa.
-¡Vaya! Siempre me ha gustado esa profesión. Me resulta muy interesante.
Continuaron con la conversación durante bastante tiempo. En cuestión de un par de horas, habían intimado tanto que parecía que se conocían desde hacía años. Eva no había parado de reír en toda la noche. Le resultaba fantástico ese hombre. Después de unas cuantas copas más, salieron a la pista a bailar.
Eran ya las cinco de la mañana cuando Eva y Ernesto salieron del pub. Ernesto se ofreció a acompañarla a su casa y Eva aceptó. Durante toda la noche, intercambiaron algo más que palabras: miradas provocativas, algún que otro roce y de vez en cuando alguna insinuación. Y durante el camino de vuelto, no hubo menos.
Llegaron a la casa de Eva en unos veinte minutos.
-Bueno, ya hemos llegado. Muchísimas gracias por la velada. La verdad es que nunca imaginé que sería capaz de pasar una noche de fiesta con un extraño y pasármelo tan bien. La vida nunca deja de sorprenderte… Me encantaría repetir.
-Por supuesto. Tu compañía ha sido lo más gratificante que he tenido en el día. Dame tu número y te llamo la semana que viene, ¿vale?
-De acuerdo.
Eva le dedicó una de esas sonrisas que te alegran incluso cuando más triste te sientes. Se intercambiaron los móviles y prometieron que se llamarían.
-Hasta la próxima princesa.
Y le dio un dulce beso en la mejilla a Eva. Ella se quedó parada durante un rato, mirando como Ernesto se alejaba por la avenida. Entró en su portal, y en cuanto subió al ascensor, comenzó a arrepentirse de no haberlo invitado a subir.
-Mierda, Eva… Ese tío valía la pena, y lo sabes. Una vez más, has desaprovechado una gran oportunidad de conocer más profundamente a alguien especial y totalmente ajeno a tu trabajo… Bravo por ti, Eva…
Se tumbó en la cama y todo comenzó a darle vueltas debido a las copas que se había tomado de más. A la mañana siguiente no se tendría que levantar temprano, y eso le reconfortaba algo. Pero dejó escapar una lagrimita… Se sentía sola, y también sentía que ese hombre había llamado a su puerta, dándole una oportunidad para acabar con su soledad, y ella le cerró la puerta en sus narices.
-No me va a llamar... Seguro.
A la mañana siguiente, un mensaje en su móvil hizo que se despertara antes de lo previsto.
“Esta mañana se muestra más radiante que el resto. La luz de tus ojos ha iluminado mi vida. Buenos días princesa”
Y Eva sonrió.
FINAL 2.
-Hola, me llamo Ernesto. Llevo un rato mirándote y me ha llamado la atención que a veces te rías sola.
-Sí, a veces me pasa aunque no quiero… Yo me llamo Eva, encantada.
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Claro, de momento no me he apoderado de esa silla.
-¿Vienes mucho por aquí? Es que nunca te he visto… Y suelo quedarme con la cara de la gente. Y la tuya me resulta algo familiar, pero no precisamente de haberte visto por aquí.
-No, la verdad es que no vengo mucho. He pasado un par de veces por aquí y me gustó el sitio. Pero nunca me había sentado a tomar una copa. Tengo poco tiempo por mi trabajo.
-¿En qué trabajas?
-Soy fotógrafa.
-¡Vaya! Siempre me ha gustado esa profesión. Me resulta muy interesante.
Continuaron con la conversación durante bastante tiempo. En cuestión de un par de horas, habían intimado tanto que parecía que se conocían desde hacía años. Eva no había parado de reír en toda la noche. Le resultaba fantástico ese hombre. Después de unas cuantas copas más, salieron a la pista a bailar.
Eran ya las cinco de la mañana cuando Eva y Ernesto salieron del pub. Ernesto se ofreció a acompañarla a su casa y Eva aceptó. Durante toda la noche, intercambiaron algo más que palabras: miradas provocativas, algún que otro roce y de vez en cuando alguna insinuación. Y durante el camino de vuelto, no hubo menos.
Llegaron a la casa de Eva en unos veinte minutos.
-Bueno, ya hemos llegado. Muchísimas gracias por la velada. La verdad es que nunca imaginé que sería capaz de pasar una noche de fiesta con un extraño y pasármelo tan bien. La vida nunca deja de sorprenderte… Me encantaría repetir.
-Por supuesto. Tu compañía ha sido lo más gratificante que he tenido en el día. Dame tu número y te llamo la semana que viene, ¿vale?
-Tengo una idea mejor… ¿Por qué no subes a casa y nos tomamos la última copa?
Eva se humedeció los labios, y le besó apasionadamente. Mientras subían en el ascensor, dejaron que la pasión comenzara a desatarse.
Ernesto cogió a Eva y la llevó hasta la cama (que aunque nunca había estado en esa casa, supo llegar a ella). Le besó todo el cuerpo y consiguió que cada milímetro de la piel de Eva se estremeciera de placer. Estuvieron así largo rato, embriagándose de amor y pasión.
A la mañana siguiente, Eva tenía pensado levantarse más tarde de lo habitual, pero Ernesto se encargó de que esto no ocurriera. Le acarició un brazo y le besó suavemente. Ella se hizo un poco la remolona.
Ernesto nunca había visto a una mujer tan bella como Eva. Se echó un poco sobre ella y le susurró al oído:
“Esta mañana se muestra más radiante que el resto. La luz de tus ojos ha iluminado mi vida. Buenos días princesa.”
07/02/2005
[Risas inesperadas]
Tenía sólo 24 años y ya se quejaba de la vida. Ana era periodista, aunque no lo ejercía por la falta de confianza de los contratantes. Vivía en un apartamento muy pequeño, mal decorado y con muy poca luz. Cada vez que entraba en él, le daba la sensación de estar en una cueva. No le gustaba donde vivía, pero se tenía que conformar con eso porque sus ahorros no daban para mucho más.
Se miraba al espejo y tampoco le gustaba lo que veía. Llevaba gafas, tenía un pelo descuidado y su vestimenta era bastante grotesca. Sus amigos no se portaban demasiado bien con ella. A menudo, intentaban dejarle en ridículo. Se pasaba el día intentando buscar algún trabajo relacionado con el periodismo. Pero cuando le hacían la entrevista previa a la contratación, siempre recibía las mismas respuestas: “Ya le llamaremos nosotros”, “Buscamos a una persona con buen aspecto y que de seriedad a la empresa. Su perfil no cuadra con lo que buscamos”. Infinidad de rechazos.
Todas estas cosas, hicieron que Ana se convirtiera en una persona cada vez más cerrada, más desconfiada y con más complejos que nadie. Pero sólo necesitaba que alguien supiera mirar en su interior. Si alguien lo conseguía, vería que debajo de ese pelo destrozado y de esas gafas anticuadas, había una chica preciosa, con unos ojos que enamoraban y una inteligencia sin igual.
Era martes. Había tenido una mañana muy ajetreada. Durante semanas, había intentado ejercer como periodista. Pero ante el fracaso de su incansable búsqueda, decidió probar suerte en otros tipos de empleo. Así que consiguió trabajo en un supermercado por la mañana, y en una tienda de ropa por la tarde. Eran las cuatro y media. Apenas tenía tiempo para comer. Llegaba a casa a las tres y media aproximadamente y en cuanto acababa se iba al otro extremo de la ciudad para ir al trabajo de la tarde.
El ascensor tardaba mucho en subir. Y esto le desesperaba. En esa espera le daba tiempo a pensar muchas cosas.
“A todo el mundo le ha acompañado la suerte en algún momento de la vida. ¿Por qué a mí no? Tampoco pido mucho… No le gusto a nadie. Nadie me quiere para que trabaje en su empresa. Apenas me llega el dinero para llegar a fin de mes. ¿Me puede ir peor? Y encima soy fea…”
Y llegó el ascensor. Dejó la mente en blanco mientras bajaba. Ese par de minutos lo usaba para relajarse algo. Pero muy poco. Cuando salió del ascensor, escuchó risas de niños en el portal. Miró a su alrededor para ver qué hacían esos niños. “Seguro que están haciendo una trastada.”, pensó Ana. Bajó los escalones y llegó a la parte de los buzones. En una de las esquinas había un niño y una niña. No tendrían más de siete años cada uno. Se estaban riendo a carcajadas limpias.
-¿Qué estáis haciendo? –Preguntó Ana.
-Nada. –Contestaron los dos niños a la vez.
-¿Y de qué os reís tanto?
-No sé… De cualquier cosa. Siempre hay algo de lo que reírse. Y si no lo encontramos, pues nos reímos de nosotros mismo. –Le dijo el niño.
-Sí, es verdad. Tú nunca te ríes… Y te hemos visto llorar más de una vez. ¿Por qué estás tan triste? –Le dijo la niña a Ana.
-¿Y vosotros cómo sabéis que no río? ¿Y que lloro alguna vez?
-Sabemos muchas cosas de ti. Y hemos venido para enseñarte a sonreír y a ser feliz. Vamos a regalarte un poquito de la felicidad de los niños. Nos lo has pedido muchas veces en sueños y ahora, queremos ayudarte.
-Mirad, tengo un poco de prisa. Y no tengo nada de tiempo para escuchar a niños decir tonterías. Así que me marcho. Seguid riéndoos de algo.
-Vale, sabemos que estás muy ocupada con tus dos trabajos. Pero antes de irte, mírame fijamente, Ana.
La niña se acercó a Ana y la obligó prácticamente a ponerse en cuclillas. Cuando sus dos caras estaban en forma paralela, la niña se llevó el puño cerrado a la altura de su boca. Le sonrió a Ana. Extendió su mano y sopló. Unos polvos con mucho brillo cegaron a Ana durante un instante. Cuando recuperó la visibilidad totalmente, los niños ya no estaban. “El cansancio me hace delirar”, pensó. El día transcurrió con total normalidad. Llegó a casa rendida y le faltó tiempo para irse a la cama a dormir.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó mientras Ana desayunaba.
-¿Si?
-Hola, buenos días. Le llamamos del periódico Hoy. Hemos estado estudiando su currículum y estamos muy interesados en que trabaje con nosotros. ¿Podría pasarse esta tarde por nuestra redacción para que ultimemos los detalles y le hagamos el contrato?
-¡Por supuesto! A las cinco me paso por allí.
-Perfecto. Hasta entonces.
Ana no se lo creía… Fue corriendo al baño a cambiarse y arreglarse. Se miró en el espejo y recordó la risa de esos niños y todo lo que había ocurrido el día anterior. “Tal vez no fuera un delirio…”. De repente, unas ganas tremendas de cambiar de aspecto se apoderaron de ella. Se quitó las gafas y se puso las lentillas que tanto odiaba. Se quitó la coleta y se soltó el pelo. Llamó al supermercado para decir que esa mañana se encontraba mal y no podría ir a trabajar.
En cuanto se vistió, fue a la peluquería a que le cortaran el pelo y se lo tiñeran de castaño oscuro con alguna que otra mecha. Quedó preciosa. También fue de compras y renovó todo su armario. “Se terminaron las faldas por debajo de la rodilla y los colores apagados”. Vaqueros, camisetas de todos los colores, tops provocativos, ropa interior nueva, mini faldas para salir de noche, trajes de chaqueta para dar buena impresión en el trabajo, vestidos, blusas, etc.
Fue a un local de maquillaje y pidió que le pintaran. El resultado fue increíble. Se puso un traje de chaqueta negro con una blusa debajo. El pelo le daba un toque juvenil y a la vez elegante. Y el maquillaje le dio el toque perfecto. Nadie se hubiera imaginado que Ana fuera realmente así de guapa.
Por la tarde, fue a la entrevista de trabajo y consiguió el puesto. De camino a casa no paraba de sonreír. Jamás había sido tan feliz. Cuando llegó a casa, tenía tres mensajes en el contestador. Eran sus amigos. Y por primera vez, tuvo el valor de decirles adiós. Había nacido una nueva Ana. Sus alas se habían curado y se mostraban más bellas que nunca.
Al final del día, con el pijama ya puesto se asomó a la ventana. Miró al cielo y sonrió. Sabía que en algún lugar estaban esos dos niños riéndose de algo, y seguro que sonreían por ella.
“Gracias pequeños”, dijo en voz alta Ana.
Y era cierto, los dos niños estaban apoyados en unas brillantes estrellas mirando a Ana y riendo. ¿De qué? Esta vez sí tenían un motivo: Le habían dado la seguridad y la felicidad que le faltaba a Ana.
Se miraba al espejo y tampoco le gustaba lo que veía. Llevaba gafas, tenía un pelo descuidado y su vestimenta era bastante grotesca. Sus amigos no se portaban demasiado bien con ella. A menudo, intentaban dejarle en ridículo. Se pasaba el día intentando buscar algún trabajo relacionado con el periodismo. Pero cuando le hacían la entrevista previa a la contratación, siempre recibía las mismas respuestas: “Ya le llamaremos nosotros”, “Buscamos a una persona con buen aspecto y que de seriedad a la empresa. Su perfil no cuadra con lo que buscamos”. Infinidad de rechazos.
Todas estas cosas, hicieron que Ana se convirtiera en una persona cada vez más cerrada, más desconfiada y con más complejos que nadie. Pero sólo necesitaba que alguien supiera mirar en su interior. Si alguien lo conseguía, vería que debajo de ese pelo destrozado y de esas gafas anticuadas, había una chica preciosa, con unos ojos que enamoraban y una inteligencia sin igual.
Era martes. Había tenido una mañana muy ajetreada. Durante semanas, había intentado ejercer como periodista. Pero ante el fracaso de su incansable búsqueda, decidió probar suerte en otros tipos de empleo. Así que consiguió trabajo en un supermercado por la mañana, y en una tienda de ropa por la tarde. Eran las cuatro y media. Apenas tenía tiempo para comer. Llegaba a casa a las tres y media aproximadamente y en cuanto acababa se iba al otro extremo de la ciudad para ir al trabajo de la tarde.
El ascensor tardaba mucho en subir. Y esto le desesperaba. En esa espera le daba tiempo a pensar muchas cosas.
“A todo el mundo le ha acompañado la suerte en algún momento de la vida. ¿Por qué a mí no? Tampoco pido mucho… No le gusto a nadie. Nadie me quiere para que trabaje en su empresa. Apenas me llega el dinero para llegar a fin de mes. ¿Me puede ir peor? Y encima soy fea…”
Y llegó el ascensor. Dejó la mente en blanco mientras bajaba. Ese par de minutos lo usaba para relajarse algo. Pero muy poco. Cuando salió del ascensor, escuchó risas de niños en el portal. Miró a su alrededor para ver qué hacían esos niños. “Seguro que están haciendo una trastada.”, pensó Ana. Bajó los escalones y llegó a la parte de los buzones. En una de las esquinas había un niño y una niña. No tendrían más de siete años cada uno. Se estaban riendo a carcajadas limpias.
-¿Qué estáis haciendo? –Preguntó Ana.
-Nada. –Contestaron los dos niños a la vez.
-¿Y de qué os reís tanto?
-No sé… De cualquier cosa. Siempre hay algo de lo que reírse. Y si no lo encontramos, pues nos reímos de nosotros mismo. –Le dijo el niño.
-Sí, es verdad. Tú nunca te ríes… Y te hemos visto llorar más de una vez. ¿Por qué estás tan triste? –Le dijo la niña a Ana.
-¿Y vosotros cómo sabéis que no río? ¿Y que lloro alguna vez?
-Sabemos muchas cosas de ti. Y hemos venido para enseñarte a sonreír y a ser feliz. Vamos a regalarte un poquito de la felicidad de los niños. Nos lo has pedido muchas veces en sueños y ahora, queremos ayudarte.
-Mirad, tengo un poco de prisa. Y no tengo nada de tiempo para escuchar a niños decir tonterías. Así que me marcho. Seguid riéndoos de algo.
-Vale, sabemos que estás muy ocupada con tus dos trabajos. Pero antes de irte, mírame fijamente, Ana.
La niña se acercó a Ana y la obligó prácticamente a ponerse en cuclillas. Cuando sus dos caras estaban en forma paralela, la niña se llevó el puño cerrado a la altura de su boca. Le sonrió a Ana. Extendió su mano y sopló. Unos polvos con mucho brillo cegaron a Ana durante un instante. Cuando recuperó la visibilidad totalmente, los niños ya no estaban. “El cansancio me hace delirar”, pensó. El día transcurrió con total normalidad. Llegó a casa rendida y le faltó tiempo para irse a la cama a dormir.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó mientras Ana desayunaba.
-¿Si?
-Hola, buenos días. Le llamamos del periódico Hoy. Hemos estado estudiando su currículum y estamos muy interesados en que trabaje con nosotros. ¿Podría pasarse esta tarde por nuestra redacción para que ultimemos los detalles y le hagamos el contrato?
-¡Por supuesto! A las cinco me paso por allí.
-Perfecto. Hasta entonces.
Ana no se lo creía… Fue corriendo al baño a cambiarse y arreglarse. Se miró en el espejo y recordó la risa de esos niños y todo lo que había ocurrido el día anterior. “Tal vez no fuera un delirio…”. De repente, unas ganas tremendas de cambiar de aspecto se apoderaron de ella. Se quitó las gafas y se puso las lentillas que tanto odiaba. Se quitó la coleta y se soltó el pelo. Llamó al supermercado para decir que esa mañana se encontraba mal y no podría ir a trabajar.
En cuanto se vistió, fue a la peluquería a que le cortaran el pelo y se lo tiñeran de castaño oscuro con alguna que otra mecha. Quedó preciosa. También fue de compras y renovó todo su armario. “Se terminaron las faldas por debajo de la rodilla y los colores apagados”. Vaqueros, camisetas de todos los colores, tops provocativos, ropa interior nueva, mini faldas para salir de noche, trajes de chaqueta para dar buena impresión en el trabajo, vestidos, blusas, etc.
Fue a un local de maquillaje y pidió que le pintaran. El resultado fue increíble. Se puso un traje de chaqueta negro con una blusa debajo. El pelo le daba un toque juvenil y a la vez elegante. Y el maquillaje le dio el toque perfecto. Nadie se hubiera imaginado que Ana fuera realmente así de guapa.
Por la tarde, fue a la entrevista de trabajo y consiguió el puesto. De camino a casa no paraba de sonreír. Jamás había sido tan feliz. Cuando llegó a casa, tenía tres mensajes en el contestador. Eran sus amigos. Y por primera vez, tuvo el valor de decirles adiós. Había nacido una nueva Ana. Sus alas se habían curado y se mostraban más bellas que nunca.
Al final del día, con el pijama ya puesto se asomó a la ventana. Miró al cielo y sonrió. Sabía que en algún lugar estaban esos dos niños riéndose de algo, y seguro que sonreían por ella.
“Gracias pequeños”, dijo en voz alta Ana.
Y era cierto, los dos niños estaban apoyados en unas brillantes estrellas mirando a Ana y riendo. ¿De qué? Esta vez sí tenían un motivo: Le habían dado la seguridad y la felicidad que le faltaba a Ana.
08/02/2005
Odio la palabra adiós.
Recuerdo cuando comenzamos a hablar. Nos llevábamos genial. Ninguno sentía nada por el otro. Pero con el tiempo, la amistad que teníamos se convirtió en algo más. Pasaron muchas cosas hasta que realmente pudimos estar juntos, como tantas veces habíamos soñado.
Recuerdo que, a menudo, cuando me acostaba en la cama dejaba que mi imaginación echara a volar. Me imaginaba que mi alma se separaba de mi cuerpo y se convertía en una estrella fugaz. Atravesaba todo el firmamento en cuestión de segundos para ir a tu vera. Cuando yo llegaba a tu lado, estabas de espalda. Yo sonreía y justo cuando te ibas a girar, bajaba de las nubes y volvía a la cruda realidad.
Cuántas veces habré soñado esas cosas… Tú y yo éramos felices en mi mundo de Fantasía. Lo bueno fue que logramos ser felices también en el mundo de los mortales.
¿Recuerdas la primera vez que fui a Madrid? Qué nervios… Y qué fin de semana tan mágico… Irrepetible, sin duda alguna.
Y todas esas veces que has venido a verme, sin importarte las siete horas de viaje… Los paseos por la playa, por el Paseo Marítimo…
Hay tantos recuerdos buenos… Uno de los mejores, fueron nuestras vacaciones en Denia. Diez maravillosos días compartidos contigo. Tiemblo cada vez que recuerdo esa época, que aunque no pasó hace mucho, yo la siento muy lejana. Quizás demasiado lejana…
Esos son buenos momentos, no lo dudo. Pero hay algo más importante que los momentos. Tu mirada, tus brazos rodeándome, tus caricias… Cuando te quedabas mucho tiempo mirándome, me ponías nerviosa y siempre te decía “deja de mirarme que no me gusta”. Y tú sonreías, aunque te dolía que yo dijera eso… Si supieras lo que daría ahora mismo porque me volvieras a mirar con esa dulzura y ese cariño tan sincero… También me quejaba cuando me abrazabas por la calle, o simplemente te ponías muy cerca de mí para que estuviéramos más juntos… Llegaba a agobiarme. Supongo que el estar tantos días sola, sin recibir ningún gesto de cariño, ha hecho que mi carácter se agrie. Lo siento… Ahora no paro de llorar por la ausencia de esos abrazos.
Y tus besos… Cuando me besabas, hacías que me sintiera la mujer más feliz del mundo y la más importante de tu vida. Nunca he probado mejor sabor que el de tus labios y dudo mucho que alguna vez lo pruebe.
Hay tantas cosas de las que me arrepiento… Y por más que lo deseo y lo imploro, no puedo dar marcha atrás. Sólo me queda pedirte perdón una y otra vez, aunque sé que ciertas heridas necesitan tiempo todavía…
Me quedo con las cosas buenas de estos dos años. Y también con las malas, pues nuestra historia la componen las dos partes. Lo bueno me hará sonreír y llorar de la emoción. Y lo malo me dará experiencia para que no me vuelva a pasar. “La experiencia es el peine que te da la vida cuando te quedas calvo”, ya sabes…
Hoy no paro de preguntarme dónde han quedado esas palabras de cariño y ese amor eterno que nos jurábamos. A veces, las cosas no salen como queremos… Y esta ha sido una de esas veces.
Ahora sólo me queda mirar como te marchas, como sales de mi vida y como no te giras para despedirte. Pero yo seguiré mirando cada noche las estrellas. Ellas son los testigos de nuestro amor y serán las que me cuenten cada noche ese cuento en el que una vez hubo dos personas que se amaron tanto que su amor no cabía en la Inmensidad. Sus nombres eran Edu y Davi.
“Tu nombre está escrito a fuego en mi corazón”. Eso me lo dijiste el otro día, y suena en mi cabeza todo el rato… Te echo tanto de menos… Nunca pensé que me dolería tantísimo el separarme de ti… Me acostumbré a que tú y yo fuéramos sólo uno… Y ahora, me falta mi otra mitad. Tendré que acostumbrarme…
Miro al mar, y mis lágrimas se fusionan con sus olas, su susurro intenta acallar mi llanto y su olor calmar mi alma. Pero no hay nada que me quite este dolor. Sólo el tiempo me dará la paz que necesito ahora mismo… Sí, sé que sólo tengo dieciocho años. Pero, ¿acaso las chicas de dieciocho años no podemos amar tanto como las de cuarenta? Es uno de los tópicos falsos de nuestra sociedad.
Yo he amado. He amado por encima de todas las cosas. He amado con mi cuerpo y con mi alma. Lo he dado todo por ese amor. Eliminé mis metas y derramé mis sueños por estar contigo. Te he amado. Y nadie podrá decir que es mentira.
Empiezo a extenderme demasiado…
Odio la palabra adiós. Y no pienso decirla. Esta vez no. Tu recuerdo siempre estará en mi mente y tu ser tendrá un sitio en mi corazón eternamente. Por ello, me voy a despedir de otra forma. Sólo por esta vez. Te dedico mi última sonrisa.
Hasta siempre, Edu.
09/02/2005
[El Principito] Capítulo tres
No fue tarea fácil comprender de dónde venía. El principito me acosaba a preguntas y no parecía preocuparse demasiado por las mías. Muy lentamente y a través de algunas palabras emitidas al azar, es como pude poco a poco enterarme de todo. Al ver por primera vez mi avión (al que no dibujaré por ser algo complicado para mí), me preguntó:
-¿Qué es esta cosa?
-No se trata de una cosa. Vuela. Se llama avión. Es mi avión.
Sentí orgullo al hacerle saber que volaba. Entonces exclamó:
-Entonces ¿has caído del cielo?
-Sí-dije humildemente.
-¡Ah! ¡Qué gracioso!...
El principito soltó tal carcajada que me sentí muy irritado. No me gusta que se tomen a risa mis desgracias.
Inmediatamente agregó:
-Entonces, ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres?
El misterio de su presencia quedó transformado en una luz y pregunté atropelladamente:
-¿Tú vienes de otro planeta?
Pero no me respondió. Movía la cabeza muy suavemente de un lado al otro mientras miraba mi avión:
-En esto..., no puedes haber venido de muy lejos.
Pareció haberse hundido en un ensueño que duró un largo rato. Luego, sacó el cordero del bolsillo contemplándolo ensimismado.
Imaginen ustedes, cómo pudo haberme intrigado esta semiconfidencia acerca de los "otros planetas". Quise saber aún más:
-¿De dónde vienes, exactamente? Y dónde queda tu casa? A dónde llevarás mi cordero?-pregunté al hombrecito.
Luego de meditar silenciosamente, respondió:
-Me agrada la caja que me has regalado ya de en la noche le servirá de casa.
-Ya lo creo. Si eres amable también te daré una cuerda a fin de atarlo durante el día. Y una estaca.
Esto, no pareció conformar al principito:
-¿Atarlo? ¡Vaya idea rara!
-Piensa que si no lo atas, tomará cualquier rumbo y se perderá.
Mi amigo fue objeto de una nueva carcajada:
-¿Dime dónde crees que iría?
-A cualquier lugar. Derecho, siempre adelante...
El principito entonces exclamó severamente:
-¡Eso no interesa! ¡Mi casa es tan pequeña!
Quizá con cierta tristeza agregó:
-Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos...
-¿Qué es esta cosa?
-No se trata de una cosa. Vuela. Se llama avión. Es mi avión.
Sentí orgullo al hacerle saber que volaba. Entonces exclamó:
-Entonces ¿has caído del cielo?
-Sí-dije humildemente.
-¡Ah! ¡Qué gracioso!...
El principito soltó tal carcajada que me sentí muy irritado. No me gusta que se tomen a risa mis desgracias.
Inmediatamente agregó:
-Entonces, ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres?
El misterio de su presencia quedó transformado en una luz y pregunté atropelladamente:
-¿Tú vienes de otro planeta?
Pero no me respondió. Movía la cabeza muy suavemente de un lado al otro mientras miraba mi avión:
-En esto..., no puedes haber venido de muy lejos.
Pareció haberse hundido en un ensueño que duró un largo rato. Luego, sacó el cordero del bolsillo contemplándolo ensimismado.
Imaginen ustedes, cómo pudo haberme intrigado esta semiconfidencia acerca de los "otros planetas". Quise saber aún más:
-¿De dónde vienes, exactamente? Y dónde queda tu casa? A dónde llevarás mi cordero?-pregunté al hombrecito.
Luego de meditar silenciosamente, respondió:
-Me agrada la caja que me has regalado ya de en la noche le servirá de casa.
-Ya lo creo. Si eres amable también te daré una cuerda a fin de atarlo durante el día. Y una estaca.
Esto, no pareció conformar al principito:
-¿Atarlo? ¡Vaya idea rara!
-Piensa que si no lo atas, tomará cualquier rumbo y se perderá.
Mi amigo fue objeto de una nueva carcajada:
-¿Dime dónde crees que iría?
-A cualquier lugar. Derecho, siempre adelante...
El principito entonces exclamó severamente:
-¡Eso no interesa! ¡Mi casa es tan pequeña!
Quizá con cierta tristeza agregó:
-Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos...
10/02/2005
[De atardeceres con amigos]
Había pasado mucho tiempo desde la última vez. Todos habían cambiado en algo. Adolfo estaba más gordito, Belén se había cortado el pelo, Marga se tiñó de pelirroja y se había hecho algún que otro arreglo en el cuerpo, Álvaro había cambiado sus pintas de toda la vida por un traje de chaqueta, Felipe se había mudado de ciudad y su aspecto en general había dado un giro de 360 grados, José se empezaba a quedar calvo, Águeda ya no tenía ese gesto triste que le acompañaba siempre y Mónica… Mónica había cambiado en todo su físico.Adolfo, Marga, Álvaro, Felipe, José, Águeda y Mónica… Amigos inseparables desde la infancia. Habían estado juntos en el colegio, habían compartido todas las horas y los malos ratos del instituto… Se habían visto crecer. Sabían los puntos débiles de cada uno. En definitiva, eran amigos.
Coincidieron todos en la misma ciudad una tarde de mayo. Por pura casualidad, Marga recibió una llamada de Felipe quien le comunicó que había llegado a la ciudad la noche anterior. Y los móviles de todos ellos comenzaron a dar señales avisando que un mensaje estaba esperando para ser leído.
Hacía mucho tiempo que no estaban todos juntos. Esa tarde quedaron donde siempre, en su sitio de risas compartidas. Era una cafetería muy bonita, donde te ponían todo tipo de café y pasteles con formas muy divertidas. Aparte del buen ambiente que se percibía en ese local, ellos adoraban ese sitio por los recuerdos que les venían a la mente cuando estas se remontaban a la adolescencia.
Era increíble la complicidad y los lazos de unión que existían entre todos ellos. Mientras se trasladaban al punto de encuentro, todos iban pensando en lo mismo.
“Cómo hecho de menos aquellas tardes tontas en las que nos reíamos de cualquier cosa… Y aquellos días que estando tristes sin ningún motivo, siempre nos demostrábamos que nos teníamos los unos a los otros. Los días de playa, las películas en los cines, los primeros besos… Qué ganas de volver a verlos a todos, de volver a abrazarlos…”
Todas esas cosas que tanto anhelaban, no se encontraban tan lejos de ellos. Estaban en su día a día, estaban a cada paso que daban, en cada triunfo, en cada tropezón… Aunque no se daban cuenta, seguían siendo los mismos niños de siempre que se morían de ganas por tomarse el refresco de la tarde con sus fieles compañeros. El cambiar físicamente no implicaba que sus almas también cambiaran.
Seis de la tarde. Adolfo y Marga estaban ya sentados y poco a poco fueron llegando el resto. La última en llegar fue Mónica (siempre fue impuntual). Cuando ya estuvieron todos, no pudieron evitar abrazarse a la vez, como cuando un grupo de chavales celebran un gran gol de su equipo.
Al principio, se sentían un poco raros. Todos habían cambiado, pero seguían siendo tan iguales… Y había pasado tanto tiempo. En un par de horas escasas, se pusieron al día de todos los acontecimientos de sus vidas. Era increíble como en un par de años todo podía cambiar tanto. Un banquero, una peluquera, un bebé en camino, un albañil… Había de todo. Casi todos consiguieron sus propósitos. El único que no lo consiguió fue Álvaro. Siempre quiso ser camionero y al final llegó a ser director de un banco. Y era muy feliz así.
Todos sonreían y se maravillaban con las historias que se estaban contando esa tarde. Entre ellos, nada había cambiado. Águeda siempre fue la niña triste del grupo. No tuvo una infancia fácil y bastantes problemas protagonizaron su niñez. Pero ahora, lucía orgullosa una gran sonrisa en su cara. Esa sonrisa brillaba tanto que parecía que se la habían dibujado con los rayos del sol y los destellos de las estrellas. Y tanta felicidad se debía a que esperaba un hijo para el mes de septiembre. ¡Quién lo diría!
Hubo un momento de silencio. Sus voces se apagaron pero sus sonrisas siguieron brillando. Águeda comenzó a hablar:
-A ver… No podemos dejar pasar tanto tiempo para volver a vernos. Estamos comprobando que lo pasamos genial cuando estamos juntos. En nuestras vidas todo ha cambiado. Pero entre nosotros todo sigue igual que cuando teníamos dieciséis años. Comprendo que no podamos quedar todas las tardes por motivos de trabajo, de distancia o por mil causas más. Pero no debemos dejar que pasen otros tres años. Todos nos queremos, y lo estamos demostrando esta tarde. ¿Por qué dejar que la distancia y el tiempo enfríe nuestra relación?
Y así hicieron. Cuatro meses después volvieron a quedar para celebrar el nacimiento de la hija de Águeda. Y poco después, la boda de José. Y si no había nada que celebrar, quedaban de igual forma cada cuatro o cinco meses. Los que vivían en la misma ciudad procuraron quedar todas las semanas o siempre que podían.
No volvieron a distanciarse ni dejaron que pasara tanto tiempo para volver a darse un abrazo.
Y con ese gesto, el simple hecho de verse más, todos lograron ser un poco más felices y sonreír más. Volvieron a estar como cuando tenían dieciséis años.
11/02/2005
[Un sitio especial]
Raquel se quedó boquiabierta cuando, al despertarse, el libro no estaba encima de su mesilla de noche. Intentó hacer memoria de lo que había ocurrido, pero por más que pensaba, no encontraba explicación. De repente, un leve recuerdo se le vino a la mente.Días atrás, la señora Josefina le había dicho que la llevaría a un lugar muy especial. Josefina era una señora de setenta años que pasaba mucho tiempo con Raquel porque los padres de la niña trabajaban y apenas tenían tiempo para ella. Josefina disfrutaba mucho cuando Raquel iba a su casa. Sólo tenía nueve años y eso a la señora Josefina le daba vitalidad, energía, vida.
-Entre semana tienes cosas que hacer. Los deberes, los exámenes, las clases de baile, natación… Así que apenas te queda tiempo para salir y disfrutar. Pero este fin de semana vamos a ir a un sitio que nunca has estado. Un sitio mágico… Si tus padres lo permiten, por supuesto.
-¿Y qué tiene ese sitio de especial? –Contestó Raquel sin darle demasiada importancia- A mis padres seguro que no les importa. Estarán muy ocupados, como siempre.
-Ahora no te voy a decir qué tiene de especial. Lo tendrás que descubrir por ti misma. Pero ya verás como no te costará averiguarlo.
Al principio, Raquel no mostró mucha ilusión, pero por la noche, cuando llegó a casa, comenzó a pensar.
-Un sitio especial… Donde no he estado nunca. ¿Me llevará a un bosque? No creo, eso no tiene nada de especial. Ah, ya sé, iremos de picnic, que sabe que estoy deseando hacer uno. Pero dijo también que era mágico… Y un picnic no tiene nada de magia. Bueno, el sábado lo veré.
Cuando la señora Josefina le dijo a Raquel de ir a ese sitio era martes. La semana había pasado volando. Habían estado muy liadas las dos y apenas habían percibido que los días pasaban.
Llegó el sábado. Fin de semana. ¿Destino? Lugar mágico. La señora Josefina se pasaría a por Raquel a las cinco de la tarde. Primero la llevaría a merendar a la cafetería que tanto les gustaba a las dos. Después irían al sitio equis.
-¿Queda mucho? –Preguntó Raquel impacientemente.
Josefina rió.
-No, dentro de unos cinco minutitos llegaremos.
-¿Pero no me vas a explicar cómo es ese sitio ni nada de nada?
-Pero, a ver… Si estamos ya llegando. En unos minutos lo vas a ver con tus propios ojos. ¿Para qué quieres que te lo explique ahora?
Raquel refunfuñó. Pero Josefina tenía razón. En apenas cinco minutos, llegaron a un callejón bastante oscuro. Al fondo de este, había una tienda pequeñita con una puerta más chica aún. Josefina llamó a la puerta. Alguien miró a través de la mirilla y Josefina le sonrió. Raquel no entendía nada. Cuando la puerta se abrió, Josefina y Raquel entraron. Primero atravesaron un pequeño pasillo, estrecho y con apenas iluminación. Después abrieron otra puerta y llegaron a ese lugar tan maravilloso que Josefina había estado escondiendo.
Era una librería. ¡Y estaba llena de gente! Raquel no comprendía como de una puerta tan pequeñita podía aparecer un sitio tan grande. Tenía cuatro plantas y en cada planta había más de mil estanterías llenas de libros. Había personas por todos lados. Algunos buscando algo, otros hablando y lo que más llamó la atención de Raquel fue que había muchos que estaban sentados o tumbados en cómodos sofás con los ojos cerrados.
-Bueno, bueno, bueno… Así que tenemos una nueva amiguita con nosotros –Comenzó diciendo el dueño de la librería.
-Sí, creo que ya era hora de que viniera. Sé que le encantará este sitio. Y estoy segurísima de que vendrá siempre que tenga tiempo. –Le dijo Josefina.
-Bien pequeña, ¿te ha explicado Josefina en qué consiste esta librería?
-Pues no… ¡Pero yo le he preguntado y ella no ha querido decírmelo!
-No te preocupes que ahora te lo explico yo todo. En primer lugar, si has llegado hasta aquí es, sin duda, porque eres una niña especial. En segundo lugar, decirte que no debes hablar con nadie de este sitio. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
-Esto es una librería, como has podido comprobar y escuchar, puesto que te lo he repetido un millón de veces por lo menos. ¡Pero ojo! No es una librería cualquiera. ¿Has abierto alguno de los libros que hay aquí?
-Pues no…
-¿Y a qué esperas? ¡Corre y coge uno!
Raquel fue corriendo a la estantería que estaba más cerca de ella. Escogió un libro de tapas rojas con las letras del título en dorado. El libro era Alicia en el País de las Maravillas. Tal fue la sorpresa que se llevó Raquel al abrir ese ejemplar, que casi se cae de espaldas. En su interior no había letras. Al comienzo del libro estaban todos los personajes con vida, saludando desde su interior a Raquel. Y así ocurría en todo el libro. Los personajes se movían, bostezaban, lloraban, reían, se caían… No podía creer lo que estaba viendo. ¡Y se dirigían a ella!
Raquel miró con total asombro al dueño de la librería y a la señora Josefina. Ambos sonreían. Raquel puso el libro en su sitio.
-¿Qué tal? ¿Te ha gustado lo que has visto? –Le preguntó la señora Josefina.
-¡Los personajes se movían! ¡No había letras en el libro! ¡Y me saludaban!
-Ya te dije que no era una librería cualquiera –Respondió el dueño-. Pero hay algo más que no has visto. Es cierto que en los libros no hay letras. En sus páginas, todo cobra vida. ¿Has visto a esas personas que están en esos sofás con los ojos cerrados?
-Sí, los vi cuando entré.
-Muchas de las personas que entran aquí, están buscando algo en especial. Tal vez necesiten algo cómico, porque han tenido un día triste. O quieran una historia de amor. O fantasía… Pero otras no saben muy bien qué buscan. Esas personas no escogen los libros que van a leer. Los libros les escogen a ellos. Tú eres del segundo grupo. Has venido aquí sin saber muy bien por qué. Y cuando has averiguado qué era esto, sigues sin saber qué necesitas. Así que sólo tienes que sentarte en uno de esos sillones y esperar un poco. Un libro llegará a tus manos. Pero no te lo podrás quedar. Cada libro tiene su lugar, y si te lo llevas, él sabrá cómo volver a casa.
Raquel se fue a uno de esos sillones. Se sentó y comenzó a mirar a su alrededor. Todo era precioso. Madera, telas de color rojo, filos dorados… Aquello parecía un palacio. De repente, vio como se dirigía hacia ella flotando en el aire algo envuelto en un halo de luz. Cuando estaba más cerca, pudo comprobar que era un libro. El libro se asentó en sus piernas. Y Raquel escuchó un suave susurro: “Cierra los ojos, pequeña”.
Raquel Abrió el libro y después cerró los ojos. No sabe cómo, pero de repente estaba en un lugar completamente distinto. Estaba en la calle. Todas las aceras estaban limpias, los árboles tenían unas hojas preciosas, las flores lucían sus mejores colores, los niños jugaban en las calles… En el ambiente se apreciaba el olor a pasteles y a comida recién hecha. Un impulso la llevó a entrar en una casa. Ahí le esperaban sus padres. Se sorprendió, pues nunca los había visto de tan buen humor ni tan cariñosos con ella. Poco a poco, fue comprendiendo que el libro que había llegado a ella, era un cuento de una niña pequeña que adoraba a sus padres, que estaba siempre contenta con ellos, que su vida era magnífica. No había ni un día que le faltara un abrazo o un beso. Y compartían mucho tiempo ella, su madre y su padre. Era un cuento precioso. Ese libro había escogido a Raquel porque ella deseaba con toda su alma tener una familia así. Y el fin de esa librería era conseguir que las personas tuvieran lo que deseaban al menos durante un ratito.
Cuando Raquel abrió los ojos, le estaban mirando el dueño de la librería y la señora Josefina.
-No voy a preguntarte qué libro era. Puedes llevártelo si quieres, y así ves las imágenes. Pero recuerda que el libro volverá a su lugar.
De camino a casa, Raquel y Josefina no hablaron. Ojeó el libro antes de irse a dormir y estaba contenta pues al menos vio a sus padres como ella quería durante un ratito. Puso el libro sobre la mesilla de noche y se durmió. A la mañana siguiente, el libro había desaparecido. Raquel estaba sorprendida. Más tarde pensó que todo había sido un sueño, pero en el fondo se negaba a sí misma que fuera así.
Se vistió y fue corriendo a casa de la señora Josefina. Llamó a la puerta y tardó un poco en abrirla porque a la señora Josefina le dolían mucho los huesos por la mañana.
-¡Vaya! Hola cariño, no te esperaba tan pronto.
-Ya… es que el libro…
-Bueno, ¿de qué te sorprendes? Ya te dijo el dueño que volvería a su lugar. Si quieres la semana que viene volvemos.
Una tremenda sonrisa apareció en la cara de Raquel cuando comprobó que no había sido un sueño.
12/02/2005
Pide un deseo.
¿Es de noche? ¿No? Pues espera un poquito.
¿Ya lo es? Mira a las estrellas.
¡Busca la tuya! Y cuando la encuentres, pide un deseo.
Cuando yo vea la mía mi deseo será
que el tuyo se cumpla.
14/02/2005
[Que este instante sea eterno]
Asomada a la ventana pensaba en él. “¿Qué estará haciendo? ¿Estará pensando en mí? Qué tontería… Seguro que ya se ha olvidado de que formé parte de su vida. Hace tanto tiempo desde la última vez… Qué maravilloso fue todo en esos momentos. Las cenas románticas, las velas, los paseos por la playa… Era de película. ¡Si es que no me creía que existieran chicos así! Y de la noche a la mañana… Todo se termina, tanto lo bueno como lo malo. ¿Me habrá recordado en algún momento de su vida? Yo a cada instante… No he sabido encontrar en los labios de otros el amor que me transmitía, ni en los brazos de extraños o conocidos me he sentido tan segura y tan especial como cuando estaba entre los suyos. Fue único. Y lo recuerdo como si hubiese pasado hace cinco minutos. No puede ser que aún le siga queriendo… Mi vida ha continuado, pero yo me he quedado parada en el tiempo, en el momento que su mirada me atravesaba con esa pasión. Qué gracia… cuando estábamos juntos, miraba las estrellas cada noche y les pedía deseos a todas ellas. Todos esos deseos tenían que ver con él. Y hoy estoy haciendo lo mismo. Estoy implorando al firmamento entero que haya pensado en mí aunque sea un momento… Y si busco en el fondo de mi corazón, también deseo que me vuelva a rozar, que me vuelva a besar, a acariciar… Le deseo a él. Pero… ¿se acorará de mí?”
A seiscientos kilómetros de distancia, en el mismo momento que ella miraba las estrellas asomada a la ventana, él estaba en el balcón contemplando la luna.
“Si pudiera dar marcha atrás… Jamás hubiera aceptado ese trabajo. ¿De qué me sirvió ascender de puesto si con ello conseguí perderla? Maldita ambición. Estoy obsesionado… Sigo recordando esos paseos por la playa, su mirada, su cuerpo, su cara, su sonrisa… Qué sonrisa… Pensará que soy un cretino. Seguro que no me ha perdonado que saliera de su vida y la echara de la mía de esa forma tan desastrosa. ¿Qué le diría si la tuviera al lado? Qué tonto soy… ¿Por qué me estoy haciendo estas preguntas? Sin duda sigo enamorado… Le diría que sigo amándola como el primer día. Que no ha habido ni un solo segundo en el que me haya olvidado de ella, que sigue siendo lo único que me importa de este mundo y que adoro dormir, porque sé que cuando cierre los ojos ella estará en mis sueños y me sonreirá como siempre lo hacía.”
Aitana y Sergio se conocieron en una fiesta. Fue el típico encuentro: Un amigo te dice que te va a presentar a una chica muy especial y entonces surge la chispa. Pero en ellos, más que una chispa, fue una llamarada en el cruce de miradas. Desde ese día, se hicieron inseparables. Su amor fue puro y sincero en todo momento. Eran felices cuando estaban juntos. Un simple suspiro o una leve caricia, hacía que la otra persona se sintiera especial, única… Pero por motivos laborales, se tuvieron que separar. Sergio no supo valorar bien lo que tenía… No colocó las cosas adecuadamente en la balanza y perdió lo que más amaba.
Dos años después de su separación, Sergio tuvo que viajar a la ciudad donde vivía Aitana. Durante los días que estuvo allí, no tuvo tiempo apenas para salir y disfrutar algo de ese viaje.
“Es imposible que me esté pasando esto… Por fin vuelvo al lugar donde está ella y no me atrevo a ir a buscarla… Ni siquiera sé si sigue viviendo en el mismo lugar, si tiene nuevo número o algo peor… si se ha olvidado de mí. Qué estúpido soy, lo más probable es que haya rehecho su vida. Ahora mismo estará con su pareja y será plenamente feliz. Bueno, yo me alegraré por ella.”
Pero como un rayo de luz en la inmensa oscuridad, reconoció unos rizos entre la multitud. “No es posible…” Sergio aceleró y fue tras esos cabellos. La chica a la que perseguía se paró en un escaparate. Sergio pudo ver su perfil. “Es ella… Sus ojos, su nariz, sus labios… Es ella…”. Corrió hacia ese escaparate. Cuando llegó, puso suavemente su mano sobre el hombro de la chica. Ella se asustó un poco, pero cuando se giró… La misma llamarada de pasión que surgió en el primer cruce de sus miradas, apareció en ese momento. Parecía que el mundo se había parado en ese instante. Se habían quedado paralizados. Pero Aitana reaccionó:
-Dime que no estoy soñando, por favor…
-Si esto es un sueño, no quiero despertar nunca.
-Cuántas veces he deseado que llegara este momento… He pensado mucho en ti, Sergio.
-Y yo en ti, Aitana.
-Creía que me habías olvidado…
-¿Olvidarte? Cuando un ángel aparece en tu camino, es imposible olvidar sus alas.
Aitana sonrió y le abrazó tan fuerte que sintió el latir del corazón de Sergio en su propio pecho.
Todos los rencores, los miedos, y los sufrimientos de esos dos años, habían desaparecido. Empezaron desde cero, y ninguno de los dos volvió a asomarse a la ventana preguntándose si su amor le recordaba. Cada noche veían juntos las estrellas y les pedían el mismo deseo siempre: “Que esto no acabe nunca… Que este instante sea eterno.”
Feliz San Valentín.
15/02/2005
[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 1 de 2
Hace tiempo, escribí esta historia en mi anterior blog. Ahora he hecho cambios. El final es totalmente distinto al anterior y en el inicio también hay algunas variaciones. Por cierto, en el relato de ayer... ¡¡¡La historia no iba por mí!!! jajaja.Dedicado a Nimue.
_________________________________________________________________
Tras numerosas peleas entre Montesco y Capuleto, Julieta y Romeo consiguieron su propósito.
Fue en uno de los bailes de los Capuleto, cuando el padre de Julieta hizo pública su conformidad ante el romance de su hija con un miembro de la familia que era su eterno rival. Todos los asistentes a la fiesta quedaron boquiabiertos ante tan insólita y asombrosa noticia. Hubo todo tipo de comentarios. Una minoría se mostró contenta por la decisión del padre de Julieta. La inmensa mayoría mostró su disconformidad con abucheos, gritos, burlas y demás.
Pero a él le daba igual. Sólo quería la felicidad para su hija. Julieta no paraba de llorar de la emoción, y su madre de la tristeza.
La fiesta continuó toda la noche, pero ya nada era lo mismo. Los cuchicheos se habían convertido en la música de fondo de aquella reunión de Capuletos.
Mientras tanto, en la casa de Montesco, todos estaban de celebración también, pero de una forma distinta. Ellos ya sabían la decisión de su oponente. Y aunque no les entusiasmaba demasiado tener como parientes a los Capuleto, se tomaron muy bien la noticia ya que Julieta era la mejor de toda esa casta.
Simultáneamente, salieron Julieta y Romeo de sus respectivas casas para encontrarse en la plaza del pueblo. Se vieron en la distancia. Corrieron a su encuentro y en cuanto pudieron se fundieron en un hermoso y apasionado beso.
Estuvieron juntos durante horas, hablando de lo que había sucedido. Aún no habían salido de su asombro. En el fondo no se lo creían… Pero ahí estaban, demostrando su amor por las calles de su pueblo sin miedo a que los pudieran ver. Por fin había llegado su momento.
Ambos sabían que los próximos días iban a ser ajetreados para los dos. Tenían que preparar una boda espectacular. Todo el mundo hablaba de ese gran acontecimiento. Iban a adornar el pueblo, a preparar los salones de una forma asombrosa. Los invitados se pondrían sus mejores galas. Iba a ser la fiesta del año. Una Capuleto y un Montesco contrayendo matrimonio… ¡Quién lo diría!
Comenzaron a vestir al lugar con los colores más llamativos que tenían. Pusieron todo tipo de guirnaldas, papeles de colores, luces en los árboles, grandes alfombras rojas en el suelo. Verona estaba preparada para el acontecimiento.
Tardaron más de tres semanas en preparar las calles, la catedral, la mansión de los Capuleto, etc. Todos estaban entusiasmados. Los caballeros preparaban sus vestimentas con el mayor de los cuidados, sin dejarse ningún tipo de detalle atrás. Las señoras se vestirían con sus mejores galas y decorándose con todo tipo de complementos. ¡Hasta los niños pequeños deseaban que llegara el gran día! Para ellos estaba previsto un castillo enorme de juguete con numerosos entretenimientos y dulces en su interior. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
De todo esto se encargaron los familiares de los novios. ¿Pero qué pasó con Julieta y Romeo mientras tanto¿
16/02/2005
[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 2 de 2
¿Pero qué pasó con Julieta y Romeo mientras tanto? Dedicaban el día a regalarse intensas miradas de enamorados, a dejar escapar de vez en cuando un apasionado beso o una suave caricia. Mientras todos pensaban en un solo día, el de la boda, ellos pensaban en toda una vida, la que iban a compartir juntos. Vivían de forma paralela a los acontecimientos que sucedían en Verona, tras la agitación producida después de la sorprendente noticia de la boda. Todo les daba igual. Se amaban, lo demás carecía de importancia. Y ahora ya no tendrían que besarse a escondidas. Romeo ya no tendría que esconderse en las sombras de los jardines de Julieta para decirle cuanto la quería, y ella no tendría que temer estar en su balcón escuchando las preciosas palabras de su amor. Todo iba a cambiar. Por fin, tendrían la ansiada felicidad.Mayo llamaba a las puertas. El frío había pasado y el ambiente era cálido y confortable. Los árboles se vestían con hojas de un verde llamativo, como si intentaran provocar. Las flores comenzaban a salir tímidamente y el sol brillaba con más fuerza que nunca. Llegó el gran día. Todos estaban contentos con sus ropajes, sus voluminosos peinados, con la decoración, etc. Incluso los Montesco y los Capuleto estaban felices y hablaban entre ellos. Ya estaban todos sentados en la lujosa catedral de Verona, esperando a los protagonistas. El primero en llegar fue Romeo, como era de esperar. Llevaba un traje de la época precioso, bordado con hilos de oro y hecho con la mejor tela del mercado. Pero no era su ropa lo que más llamaba la atención. Eran sus ojos y su sonrisa, que brillaban como si tuvieran luz propia. Irradiaba felicidad por cada poro de su piel y con esta estampa logró hacer sonreír también a todos los asistentes a la ceremonia. Estaba muy nervioso y no podía quedarse quieto ni un instante. Se le hicieron interminables los minutos de espera antes de que llegara la novia al altar.
Pero, como todo en esta vida, nada es eterno. La música comenzó a sonar y todos se pusieron en pie para recibir a Julieta. Llevaba un vestido ceñido de seda color champán, con una larga cola y un velo de encajes. Su larga melena estaba suelta, con escasos adornos. Estaba espléndida con la sencillez de su traje. Todos estuvieron de acuerdo que era la novia más guapa que había pasado por esa catedral, aunque este comentario dio lugar a algunas envidias entre ciertas señoras… Iba con paso firme al encuentro de su amado.
Sus miradas se encontraron y fue tan emocionante ese momento que no pudieron evitar al fondo los suspiros y las lágrimas.
Romeo tomó entre sus manos las de Julieta y ahora le tocaba hablar a su corazón. Le susurró dulcemente lo bella que estaba y lo feliz que era por tener a esa mujer tan maravillosa a su lado. Ella no podía hablar de la emoción.
La ceremonia fue preciosa y el banquete espectacular. Se estuvo hablando del evento durante los dos meses posteriores. Todos quedaron encantados, ¡e incluso las familias de los novios!
Romeo y Julieta se fueron a vivir a una casa pequeña a las afueras de la ciudad, para poder vivir su romance en solitario sin tener que oír los comentarios de la gente. Estuvieron toda la vida juntos y ese fue el mejor regalo que recibieron nunca. Tuvieron hijos y fueron felices. Muy felices.
(Dedicado a Nimué y su kaos, que sé que quería que alguien escribiera un final feliz para esta pareja de enamorados).
17/02/2005
[La moneda mágica]
La llegaron a tirar al suelo, a las papeleras, a bolsillos rotos que hacía que volviera al suelo… Y la moneda sólo quería que la pusieran en su lugar: en una fuente. Daba igual qué fuente fuera. Total, todas las fuentes son mágicas siempre y cuando la moneda también lo sea. Pero nadie le hacía ese favor a la moneda.
Un día, la moneda fue a parar a un bar bastante sucio. La grasa hacía que los pies se te pegaran en el suelo. La moneda estaba sobre la barra, y un señor sin darse cuenta le dio un codazo y la tiró al suelo. ¡Quedó pegada! La moneda, desde su posición pudo observar como se acercaba a ella una señora con unos largos tacones. Intentó por todos los medios moverse para no ser pisada, pero sus intentos fueron inútiles. Cuando quiso darse cuenta, estaba pegada a la suela del tacón de la señora.
Salieron juntas a la calle, y la señora notó que tenía algo en la suela. Se miró y comprobó que era una moneda. Se la quitó y la tiró. La moneda rodó y rodó, pasando entre las piernas de la gente, por debajo de los coches, subiendo y bajando de la acera. ¡Qué mareo tenía cuando por fin se paró!
Estaba en la acera junto a un árbol. A su lado había un niño. Estaba botando una pelota. La moneda sintió de nuevo miedo de que la pelota acabara encima de ella. Pero para sorpresa de ella, se acercó el niño y la cogió.
-Una moneda. Pero es rara… ¿De qué país será?
Metió la moneda en su bolsillo y se marchó a casa pues ya comenzaba a oscurecer. La moneda estuvo atenta a las conversaciones que el niño mantuvo con su madre y su hermano. Así averiguó que se llamaba Alberto y que tenía once años. La moneda sabía que los niños tenían un sexto sentido para detectar a los objetos mágicos. Su esperanza volvió a encenderse. Pensó que si lograba hablar con Alberto, éste sabría que era mágica y podría ayudarle a volver a una fuente.
Llegó la hora de irse a la cama. Antes de acostarse, Alberto sacó la moneda del pantalón que se había puesto por la tarde y la miró. A la moneda le hubiera gustado saber qué pensaba en ese momento Alberto, pues él sonreía y no sabía por qué.
Cuando Alberto casi estaba dormido, la moneda comenzó a llamarle.
-¡Alberto! ¡Despierta Alberto!
-¿Cómo? -Respondió adormilado.
-Aquí, en la mesa. ¡La moneda!
Alberto se dirigió a su escritorio y miró a la moneda. No daba crédito a lo que sus ojos estaban observando.
-Sé que te resultará extraño que una moneda hable. Pero soy una moneda mágica. He viajado por todo el mundo y nadie se ha detenido a observarme. Tú sí lo has hecho y te has dado cuenta de que soy diferente. Me tienes que ayudar Alberto. Quiero ir a mi lugar. ¡Llévame a alguna fuente, por favor!
-¿A una fuente?
-Sí. Las monedas mágicas tenemos que estar en fuentes para no perder nuestra magia. Y yo llevo demasiado tiempo rodando… Si no llego pronto a alguna fuente, me convertiré en una moneda corriente, sin magia. Tienes que ayudarme…
-Bueno, pero ahora no puedo salir de casa. Es tarde y mi madre me castigará. Mañana te llevo a la fuente de la plaza, ¿vale?
-Muy bien. Descansa, entonces.
Alberto tenía una imaginación extraordinaria, y pese a que al principio se extrañó que una moneda le hablara, no tardó en creerse la situación.
A la mañana siguiente, Alberto salió antes de casa. Cogió la moneda y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. De camino a la fuente de la plaza, se encontró con su amiga Sara.
-¡Hola Alberto! ¿Ya vas a clases?
-No, tengo que ir a la fuente de la plaza.
-¿A la fuente? ¿Para qué?
-Si te lo digo no me creerás y pensarás que estoy loco.
-Soy tu amiga, y si en todo este tiempo no lo he pensado, ¿por qué voy a hacerlo ahora?
Alberto le explicó a Sara todo lo que había ocurrido. Mientras tanto, la moneda escuchaba atentamente la conversación. Alberto y Sara fueron juntos hasta la plaza. Cuando llegaron, Alberto sacó la moneda.
-Bien, ya estás aquí. Ahora dime qué hago.
-Muchísimas gracias por haberme ayudado. Y a ti también Sara, por no haber dudado de tu amigo. Ya te dije que soy mágica, Alberto, así que como agradecimiento os concedo a cada uno un deseo. Cerrad los ojos y pedidlo. Luego, lánzame a la fuente.
Sara y Alberto cerraron los ojos y pidieron sus deseos. Se quedaron durante un rato mirando la fuente. La moneda brillaba en el fondo debido al reflejo del agua junto a los destellos del sol. Era muy bonito.
Después del colegio, Sara encontró en su habitación la muñeca que tanto pedía y nunca le daban y Alberto por fin consiguió los patines que había visto anunciar en televisión.
Desde ese día, Alberto intentaba buscar monedas mágicas por la calle. ¡Incluso cuando era mayor lo hacía! Pero no volvió a encontrar otra. Sin embargo, sí veía las monedas en las fuentes y a personas pidiendo deseos justo antes de lanzar la moneda al agua. Y siempre se le venía a la mente aquella moneda mágica que rodó hacia él un día cualquiera.
18/02/2005
[Detrás de una nube]
Cuando terminaba el día, a Mar le gustaba tomar un baño de agua caliente. Llenaba la bañera y mientras tanto ponía música en el salón. Dependiendo de su estado de ánimo, así sería la melodía que sonaría. Esa noche tocó la banda sonora de una de sus películas favoritas.Fue a su habitación y cogió el pijama. El calor del agua y el de la estufa hacía que el baño resultara un paraíso para el día de frío que había pasado. Echó gel de baño para que hiciera espuma. Se desvistió y se metió muy lentamente en la bañera.
Era su momento de relax. El momento cumbre del día. Ahí, ella sola con sus pensamientos en la bañera. Se olvidaba de todo: No importaba las cosas que tenía que hacer al día siguiente, ni las discusiones que había tenido en la oficina.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Dejó que su mente viajara como hacía cada noche. Apenas tenía tiempo para visitar lugares, pero eso no le importaba, porque gracias a su imaginación había estado en el Gran Cañón del Colorado, en la Fontana di Trevi, en Japón, en la cima del Everest… Había visto tantas cosas con sólo cerrar los ojos y liberar su mente.
Esa noche, tocó un viaje por el firmamento. De un salto llegó a la luna y se sentó en el piquito. Observó durante un rato el planeta, con todas esas luces pequeñas. Después visitó varios planetas más. También se acercó al sol para sentir ese calor de cerca. Pero como era su sueño, no se quemó.
Se escondió detrás de una nube jugando al escondite con el viento. Descolgó estrellas del cielo con su risa y tocó todo el infinito con la yema de sus dedos en cuestión de minutos.
De pronto subía como bajaba. Le salían alas y hacía piruetas con los pájaros. Reía.
El sonido del timbre de la puerta hizo que Mar terminara su viaje por el cielo. Salió de la bañera. El espejo estaba empañado. Una sonrisa pícara demostró que sabía quién estaba llamando. Antes de ir a abrir, dibujó un corazón en el espejo.
Fue mojando todo el piso. Sólo llevaba un albornoz. Abrió.
-No te esperaba tan pronto.
19/02/2005
[Locura de mar]
Solía decir que hablaba con el mar, pero nadie le creía. Y decía la verdad.
-Hola María, te he echado de menos –Comenzó a susurrarle el mar.
-Lo siento, ayer no pude venir. Tenía hoy un examen de matemáticas y mi madre no me dejó salir.
-No te preocupes. ¿Qué tal te ha salido el examen?
-Bueno… No me gustan las matemáticas, pero no ha salido mal del todo.
-Eso está bien. Y hoy, ¿no tienes nada que estudiar?
-Ya he hecho mis deberes. Y quería venir aquí para hablar un poco contigo.
-Te noto algo triste… ¿Hay algo que te preocupa preciosa?
-Mi padre… Se ha ido hoy en su barco pesquero y hace muy mal tiempo…
-Vaya… La verdad es que sí. Los días nublados y de viento me ponen bastante irritable y es algo peligroso.
-Pero… tú no vas a dejar que le pasa nada… ¿Verdad?
-Puedes estar tranquila. A tu padre no le pasará nada.
Y María se calmó. Siguió yendo cada día a la orilla del mar, para que éste le diera noticias de su padre. Pero la verdad es que el mar era muy cuidadoso con sus secretos y le contaba poco.
Un día, María comenzó a llorar.
-¿Por qué lloras, niña? –Preguntó el mar preocupado.
-Echo de menos a mi padre… Ya tendría que haber venido, pero no lo ha hecho.
-Ha llegado a un sitio donde hay muchos peces, de todos los tamaños y colores. Y está aprovechando, preciosa. Ha tenido suerte esta vez, pues vendrá con una gran captura.
Pero esa no era la verdad. El mar quería a esa niña como si fuera su hija. Cuando María le hablaba de su padre o de su madre, el mar montaba en cólera por los celos. Pero la niña, en su ingenuidad, pensaba que algún pescado le había hecho algo que le había molestado. El mar quería a María para él solo. No estaba dispuesto a compartirla. De modo que, aprovechando que su padre salió a pescar, lo retuvo en sus adentros, impidiéndole volver a tierra con su familia.
El mar, no le hizo daño al padre, tan sólo no permitió que volviera. Y no iba a hacerlo jamás. María estaba más unida a él que nunca, y no estaba dispuesto a perderla con el regreso de su padre.
Pasaron ya cinco meses desde la marcha del padre de María.
-Mar, te agradezco todo lo que me ayudas y todos tus intentos por hacerme feliz. Te lo agradezco de todo corazón. Pero mi alma llora… Llora porque le falta lo más importante. Tengo que pedirte algo… Le he escrito una cosita a mi padre, para que no piense que me olvido de él. Voy a meter la nota en una botella de cristal. ¿Podrías hacer que la botella llegara hasta ese banco de peces de todos los colores y tamaños que ha hecho que mi padre se olvide de nosotras?
La mirada de María expresaba todo el mal que le estaba ocasionando la lejanía de su padre. Y el mar se dio cuenta. María, al no recibir respuesta del mar, no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a rodar por sus mejillas. Una de esas lágrimas, cayó sobre el mar. Entonces, éste comprendió que no le servía de nada tener a esa niña que tanto amaba si ella era infeliz, si ella quería otra cosa… No servía de nada. Y como el amor que el mar sentía por María abarcaba toda la inmensidad, aceptó su petición.
-No llores más, mi niña. Si es lo que deseas, y eso te hace feliz, a mí también me hará feliz. Lanza la botella lo más lejos que puedas. Yo me encargaré de que tu padre la lea.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
María sonrió por un instante. Secó sus lágrimas y se levantó. Metió la nota en la botella de cristal que había conseguido y la cerró con un tapón de corcho que su abuela le había dado. Caminó mar adentro sin importarle que sus pantalones nuevos se les mojaran. Lanzó con todas sus fuerzas la botella, y pudo ver como ésta se iba alejando de ella poco a poco.
Tres días más tarde, la botella llegó al lugar dónde estaba el padre de María. Él estaba triste, desesperado y hambriento pues la comida comenzaba a escasear. Vio una botella de cristal aproximándose a él. “Qué raro… Llevo aquí meses enteros sin ver rastro alguno de civilización y ahora aparece una botella.” Pensó el padre de María. Cuando la botella llegó a su lado, la cogió. Comprobó que en su interior había un mensaje. Quitó el tapón de corcho y sacó la nota.
“Hola papi. Llevas muchos días fuera de casa. El mar me ha dicho que has encontrado un banco de peces de muchos colores y de todos los tamaños y por eso te has quedado allí. Pero yo te echo de menos… Y mamá también. Estoy deseando que vuelvas a subirme a tus hombros, que me vuelvas a hacer cosquillas, que me vuelvas a decir que soy la niña de tus ojos… Por favor papi, vuelve con nosotras. Te quiero mucho y te extraño más. No lo olvides.”
El mar se conmovió al ver la nota tan sincera que la niña le había mandado a su padre.
Tres días más tarde, mientras María mantenía su charla diaria con el mar, vio aproximarse hacia ella un barco pesquero y un señor saludando desde la lejanía.
María volvió a sonreír. Y también volvió a subirse a los hombros de su padre, volvió a sentir la risa que le producían esas cosquillas que su padre le hacía. Y volvió a sentir que era la niña de sus ojos.
Y el mar fue feliz porque su niña pequeña volvió a sonreír.
21/02/2005
[P.D.: Te amo.]
“Querido nadie:Hace meses que no sé nada de ti. Mi corazón llora por tu ausencia. El tiempo se ha parado desde que te fuiste. Un abismo de desamor se ha colado en nuestras vidas.
¿Qué ha pasado? Te sigo teniendo, pero te escapas entre mis dedos. No paro de recordar una y otra vez tus caricias, tus besos, tus susurros… ¿Acaso ya no sientes lo mismo? ¿Ya no te estremeces con mi mirada?
Las calles están impregnadas con tu aroma. En mi almohada sigue tu sabor. El aire me susurra tu nombre, y yo lo grito sin recibir respuesta. ¿Dónde estás, amor mío?
El cartero sonreía al verme feliz por recibir noticias tuyas. Pero ahora… Me ve asomada a la ventana sin comprender por qué sigo esperando.
Esperar… Siempre he detestado esperar. Pero por ti esperaré toda una vida si hace falta. No quiero pensar que no vas a volver, que mi vida va a continuar sin ti. Me niego… Aunque todo el mundo diga que te has marchado para siempre, yo sé que vendrás a por mí.
Te busco, vida mía. Te busco por todas partes. En el viento, en el sol, en la luna. Pero no estás. Me tumbo en la arena a ver las nubes porque ellas me dibujan tu silueta. Me siento en el jardín para que la brisa me mande algún mensaje tuyo.
Mis lágrimas no dejan de correr por mis mejillas. Mis ojos están cansados. Mi cuerpo entero te necesita. Si tus brazos no están rodeándome me siento desnuda. Quiero volver a abrazarte. Quiero apretarte contra mi pecho tanto que sienta el latir de tu corazón junto al mío.
Deseo que llegue la hora de irme a dormir porque sé que volveré a estar contigo. Siempre estás en mis sueños. Pero, no sé por qué me dices en ellos que debo ser fuerte, que debo continuar sin ti… Me suena a despedida…
La gente dice que te has ido al cielo. Que los ángeles te han reclamado. ¿Pero qué pasa conmigo? Tú eras mis alas… ¡Ellos ya tienen unas! ¿Por qué te han arrebatado de mi lado? ¿Están celosos de que por las noches sueñe contigo en vez de con ellos?
Dime algo por favor. Dime que es mentira todo lo que dicen. Dime que sigues estando a mi lado. Dime que volverás para decirme una vez más que soy la niña de tus ojos. Dime lo que sea… Que necesito escuchar tu voz.
Seguiré esperándote el tiempo que haga falta. Confío en que no tardes en venir a por mí para llevarme contigo a ese cielo que te ha cautivado. De verdad, vida mía, no me importa donde me lleves mientras estés junto a mí.
El tiempo sigue detenido hasta que vuelvas.
Siempre tuya:
Tu novia.
P.D.: Te amo.”
24/02/2005
[Paréntesis]
Siento mucho el no actualizar el blog, pero es que tengro gripe... Mañana vuelvo a clases porque ya me encuentro bastante mejor, así que postearé :)Muchísimas gracias por pasaros por aquí. Ahora aprovecho y me paso por los vuestros.
Un besazo a todos. Y a mi niña Ingrid, muchísimas felicidades (aunque tu cumple fue ayer, pero ya te llamé!!). Espero que con tu mayoría de edad seas más niña que nunca y hagas más locuras que en todos estos años ;p te quiero loba.
Una vez más, gracias por pasaros por aquí :)
25/02/2005
[Pasan las horas]
Llevaba ahí una semana ya, y sentía que había rejuvenecido, pero en el fondo de su alma, sabía que sólo era un sentimiento. Que estar de nuevo en aquél porche donde había pasado tantas tardes, sólo podía suponer la proximidad del final. Y esto le entristecía.
Pasaba las horas muertas en esa butaca, al aire libre. Recordaba su primer amor, su primer beso. Se acordaba de su marido, de los nietos que había dejado en la ciudad. Sentía una nostalgia muy grande.
Pero no dejaba de sonreír. La vida le había tratado muy bien. La mayoría de los recuerdos que tenían en su mente eran muy buenos y jamás se arrepintió de nada de lo que había hecho.
Carmen era una señora viuda de ochenta y nueve años. Pese a su edad, conservaba aún cierta hermosura. Pero nada comparado con años atrás. Estaba enamorada de la vida. Y no se quería marchar. Esa idea le aterraba.
Una noche de verano en la que la hija de Carmen salió a pasar el fin de semana en la ciudad, decidió Carmen subir al altillo para comprobar si aún seguía ahí.
Montones de trastos, de objetos inútiles, rotos, se agrupaban en ese pequeño cuarto. Montañas de polvo cubrían esas viejas cosas. Cuando ya creía que posiblemente lo había tirado años atrás, su vista se tropezó con él.
Era un baúl de cuero bastante grade. La suciedad apenas dejaba ver el color del baúl. Carmen lo limpió un poco con la mano y dejó escapar un suspiro antes de abrirlo. Giró la llave. Dentro de él, había ropa, trapos y varias cosas inútiles. Pero también había una caja de cartón que contenía cartas, fotos, restos de flores, mechones. Recuerdos que marcaban y contaban toda una vida. Y ahí seguían, inmunes al paso de los años.
Carmen sintió un escalofrío cuando cogió la primera foto. Era de Ignacio y ella. Tenían diecisiete años. Fue su primer amor. Después de esa foto le siguieron otras muchas. Sus primeras vacaciones en la playa, las meriendas en el campo, fotos con sus padres, su boda, el nacimiento de su primera hija, etc. Tenía muy buena memoria, y aquella noche lo revivió todo como si estuviera pasando en ese mismo momento.
Dedicó un largo rato a observar las fotos y a leer las cartas de amor de su marido. Cuando terminó de verlo todo, cerró la caja y se la bajó con ella al porche. Se balanceó en su butaca. Se dio cuenta de que la vida ya había pasado, pero no tenía por qué estar triste. Había sido muy feliz y había hecho feliz a mucha gente. Tenía muy buenos recuerdos de todos los días de su vida. También tenía alguno malo, pero eso le sirvió para no cometer errores.
Siguió balanceándose en su silla mientras sonreía. De repente, vio a su marido acercarse a ella. Carmen le dedicó una gran sonrisa. Y cerró los ojos.
26/02/2005
[Quédate esta noche...]
Quédate esta noche, cuando la luna y el sol aparezcan amándose en el horizonte.Quédate esta noche y deja que nuestros cuerpos se unan en la pasión.
Quédate esta noche y escucha el leve susurro de la brisa nocturna.
Quédate esta noche y mírame con la misma dulzura que el primer día.
Quédate esta noche. Escúchame una vez más decirte que te quiero.
Quédate esta noche a mirar el fabuloso espectáculo de la aparición de las estrellas en el firmamento.
Quédate esta noche. Que tus manos acaricien cada rincón de mi cuerpo.
Quédate esta noche. Que tus labios recorran mi piel.
Ámame. Haz que me sienta única. Consigue que mi corazón acelere su ritmo cuando pases por mi lado. Dedícame una mirada de deseo. Un beso. Una caricia. Un susurro… Ámame como si hoy fuese la última vez que me vieras.
Quédate esta noche y volemos juntos a un Paraíso escondido.
Quédate esta noche y apaguemos juntos el fuego del infierno.
Quédate esta noche. Contigo, la oscuridad más profunda se convierte en claridad.
Quédate esta noche. Acortemos las distancias.
Sólo por un instante, quiero que seas mío. Quédate esta noche.
28/02/2005
[Proponiendo un juego]
Os propongo un juego. Consiste en escribir una historia entre muchas personas. Pero el plazo máximo para escribirla será nueve días.
Cada persona que participe deberá escribir un párrafo de la histora que estará compuesto entre cuatro y siete líneas.
Podrán participar cualquier persona, sin tener en cuenta raza, sexo, nacionalidad, etc. Lo único que importará es que esté escrito el párrafo en lengua castellana.
¿Cómo lo vamos a hacer?
En primer lugar se hará una lista con los escritores que quieran participar. Luego se hará un orden de escritura. Me he tomado la libertad de incluir en este juego a Galatea, Corazón y a Ineiah por el simple hecho que adoro como escriben.
Por ejemplo: El orden puede ser Galatea, Ineiah, Corazón y Dynaheir (yo). Comienza escribiendo Galatea su primer párrafo y se lo envía a Ineiah por correo electrónico. Ineiah continuará con otro párrafo la historia y se lo mandará a Corazón. Y así sucesivamente.
Cuando pasen los nueve días, publicaremos la historia en nuestros blogs, páginas personales o donde veamos más conveniente hacerlo, dando siempre crédito a los demás escritores partícipes (que serán 10 o 12)
El tema puede ser cualquiera. Para participar, simplemente dímelo mediante el blog o mediante mi correo electrónico: Dynaheir__@hotmail.com
Espero que os animéis :) Es un juego... ¡JUGUEMOS!
____________________________________________________
Y ahora un pequeño homenaje:
La bandera blanca y verde
vuelve tras siglos de guerra
a decir: paz y esperanza
bajo el sol de nuestra tierra
Andaluces, andaluces
levantaos, levantaos
pedid tierra y libertad
sean por Andalucía libre
España y la humanidad
Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos
hombres de luz que a los hombres
almas de hombres les dimos
Andaluces, andaluces
levantaos, levantaos
pedid tierra y libertad
sean por Andalucía libre
España y la humanidad
Andaluces ¡levantaos!
28 de febrero de 2005. Día de Andalucía. Yo soy andaluza y me siento orgullosa de serlo. Pese a que haya personas que digan que somos de otro planeta ;)
Cada persona que participe deberá escribir un párrafo de la histora que estará compuesto entre cuatro y siete líneas.
Podrán participar cualquier persona, sin tener en cuenta raza, sexo, nacionalidad, etc. Lo único que importará es que esté escrito el párrafo en lengua castellana.
¿Cómo lo vamos a hacer?
En primer lugar se hará una lista con los escritores que quieran participar. Luego se hará un orden de escritura. Me he tomado la libertad de incluir en este juego a Galatea, Corazón y a Ineiah por el simple hecho que adoro como escriben.
Por ejemplo: El orden puede ser Galatea, Ineiah, Corazón y Dynaheir (yo). Comienza escribiendo Galatea su primer párrafo y se lo envía a Ineiah por correo electrónico. Ineiah continuará con otro párrafo la historia y se lo mandará a Corazón. Y así sucesivamente.
Cuando pasen los nueve días, publicaremos la historia en nuestros blogs, páginas personales o donde veamos más conveniente hacerlo, dando siempre crédito a los demás escritores partícipes (que serán 10 o 12)
El tema puede ser cualquiera. Para participar, simplemente dímelo mediante el blog o mediante mi correo electrónico: Dynaheir__@hotmail.com
Espero que os animéis :) Es un juego... ¡JUGUEMOS!
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Y ahora un pequeño homenaje:
La bandera blanca y verde
vuelve tras siglos de guerra
a decir: paz y esperanza
bajo el sol de nuestra tierra
Andaluces, andaluces
levantaos, levantaos
pedid tierra y libertad
sean por Andalucía libre
España y la humanidad
Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos
hombres de luz que a los hombres
almas de hombres les dimos
Andaluces, andaluces
levantaos, levantaos
pedid tierra y libertad
sean por Andalucía libre
España y la humanidad
Andaluces ¡levantaos!
28 de febrero de 2005. Día de Andalucía. Yo soy andaluza y me siento orgullosa de serlo. Pese a que haya personas que digan que somos de otro planeta ;)




































